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 Actualizado con fecha: 08/02/2014 13:28:32

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El mejor torneo abierto del mundo

370 jugadores (70 grandes maestros) de 60 países participan en la fiesta anual del Peñón

LEONTXO GARCÍA. Gibraltar

La Asociación de Jugadores (ACP) ha distinguido otra vez al Festival Tradewise Gibraltar como el mejor torneo abierto del año (2013). Y es improbable que el veredicto sea distinto en 2014 porque la 12ª edición ha puesto el listón aún más alto, no sólo en cuanto a la calidad y cantidad de participantes, sino también con respecto a las actividades paralelas y el agradable ambiente que se respira en el hotel La Caleta. En la primera ronda hubo muy pocas sorpresas y mucha alegría.

    “Y como me estoy poniendo demasiado serio, terminaré con una pequeña broma. Dada la tensa situación política actual, es extraordinario que un ciudadano español felicite al Gobierno de Gibraltar. Pero lo hago de corazón”. Así acabó mi discurso de anoche durante una cena de gala en las magníficas cuevas de San Miguel (cuya visita turística recomiendo fervientemente), cuando la organización me pidió que contestase al ministro de Turismo, Neil Costa.

    En realidad, no era una broma. Ojalá todos los gobiernos entendiesen como el de Gibraltar que el ajedrez ofrece enormes posibilidades de turismo cultural, utilidad pedagógica y social, y buena imagen (ligada a la inteligencia). También es cierto que la renuencia de muchos gobiernos hacia el ajedrez es culpa nuestra, de los ajedrecistas, que miramos mucho hacia dentro de nuestro apasionante mundo, y muy poco hacia fuera, a la sociedad.

    Por fortuna, en Gibraltar está Brian Callaghan, propietario del hotel La Caleta, quien captó ese potencial y contrató después a Stuart Conquest, un gran maestro con excelentes dotes de organizador. En la primera edición hubo 57 participantes. Hoy son 370 (divididos en tres torneos) de 60 países, y entre ellos hay 70 grandes maestros, 10 con más de 2.700 puntos Elo y 27 que superan los 2.600. En noviembre hubo que cerrar las inscripciones del Magistral, que se juega por las tardes, y abrir una lista de espera, porque ya no caben más en los salones del hotel.

    ¿Y qué distingue a este torneo en pleno invierno para lograr tanto éxito, a pesar de las enormes y molestas colas para cruzar la frontera? Aparte de un clima suave y de las curiosidades del Peñón, la clave está en el ambiente del festival. La actividad diaria no termina con las partidas, sino que continúa por la noche con torneos rápidos, conferencias y mucha vida social en el vestíbulo y el bar. En suma se trata de aprovechar una evidencia que algunos organizadores parecen olvidar: los ajedrecistas son también personas, y a una inmensa mayoría de ellos le gusta la vida en común.

    Tiempo y espacio habrá en este diario durante los próximos días para glosar los perfiles de los numerosos jugadores interesantes de esta duodécima edición. Como es lógico, por la gran desigualdad de los emparejamientos, no hubo sorpresas en la ronda inaugural, excepto la victoria de la venezolana Sarai Sánchez sobre el búlgaro Kiril Georgiev, quien no logró hacer la jugada 40 a tiempo. “En todo caso, la posición era de tablas”, reivindica ella. Hoy se espera que ocurra algo parecido, pero los favoritos tendrán que esforzarse a fondo a partir de mañana. Lo que no cambiará desde el primer día hasta el último es el magnífico ambiente nocturno. He ahí la clave del mejor torneo abierto del mundo.

Genios, átomos y aperturas

LEONTXO GARCÍA. Gibraltar

La Revolución Carlsen cuestiona, entre otras cosas, que sea imprescindible memorizar cientos de largas variantes de aperturas para obtener buenos resultados. Ayer, mientras Magnus humillaba a Viswanathan Anand en las partidas rápidas de Zúrich en sólo 21 movimientos, David Lariño hacía tablas en Gibraltar ante Vasili Ivanchuk. Ambas partidas tienen algo en común, y alimentan un debate muy interesante.

    “No tenía ni idea de esta variante a partir de la 4ª jugada. Pero luego he quedado mejor con negras a pesar de que estoy acatarrado y con un poco de fiebre. Supongo que debo estar contento”, me decía modestamente Lariño pocos minutos después del éxito. Ivanchuk admitió que estaba peor, y añadió: “Él ha jugado bien. Hay un par de momentos donde yo tenía mejores movimientos, pero apenas me hubieran dado una pequeña ventaja”.

    En realidad, todo fue teórico hasta la 21, pero Lariño no tenía la menor idea de ello hasta que se lo dije. El gran maestro gallego, de 24 años, excampeón de España, exhibe un talento enorme pero trabaja muy poco, lo que le obliga a ser muy creativo desde la apertura. Del inmenso talento de Carlsen no voy a decir nada nuevo, pero es importante recalcar que él sí trabaja mucho, aunque a su particular manera: piensa en la manera de plantear una partida de modo que pueda salirse de los caminos más conocidos, para que todo lo memorizado por su rival no sirva de nada, y que la posición resultante en el medio juego sea aceptable –ni siquiera le importa que él tenga una pequeña desventaja- y, a ser posible, incómoda para su adversario. Cuando encuentra una idea que le parece buena, se la pasa a sus ayudantes para que la analicen con potentes computadoras, y así se asegura de que su propuesta no tiene ningún inconveniente grave. Carlsen jugó ayer contra Anand 1 Cf3 d5 2 b3 c5 3 e4!?, un lance que nadie había empleado jamás en la práctica magistral. Y con eso masacró al excampeón del mundo en 21 movimientos.

    Desde hace unos 20 años, muchos grandes maestros me han dicho cosas así: “Es normal, y casi inevitable, que en el ajedrez moderno la mayoría de las partidas se jueguen de memoria hasta el movimiento 15 o 20 o incluso más allá. Porque si te sales de los caminos trillados corres un peligro muy grave. Además, si juegas con negras frente a un rival fuerte que quiere hacer tablas, es poco menos que imposible evitar el empate”. Yo solía replicar: “Eso no tiene sentido, por mucho que influyan los ordenadores que calculan millones de jugadas por segundo. Si el número de partidas distintas que pueden jugarse [un uno seguido de 123 ceros] es mayor que el número de átomos en el Universo [un uno seguido de ochenta ceros], es obvio que el margen de creación, incluso en las aperturas, sigue siendo muy grande”. Pero me miraban como a un pobre ignorante que no entiende nada.

    Ahora llega Carlsen y demuestra que yo tenía razón. El lector puede argüir que el noruego es un genio muy bien preparado, y por eso puede hacer lo que quiera y ganar a pesar de todo. Bien, pero la genialidad de Lariño es sin duda mucho menor que la de Carlsen, y es seguro que se prepara mucho menos. No creo que sea una cuestión de neuronas más o menos brillantes, sino de actitud. Para alguien que ha memorizado variantes larguísimas durante toda su carrera ajedrecística, cambiar ahora de planteamiento puede ser muy duro. Pero, por otro lado, si se pone de moda que los 20 (o más) primeros movimientos se hagan de memoria, la faceta científica del ajedrez (la preparación casera) se comerá al arte y al deporte, el ajedrez saldrá perdiendo y habrá que pensar en la implantación del ajedrez 960 o sistema Fischer (sortear la posición de las piezas de la primera fila inmediatamente antes de cada partida) u otras medidas drásticas. Por el contrario, si se impone la tendencia que marca el nuevo campeón del mundo podremos seguir disfrutando del ajedrez clásico muchos años. No lo digo sólo yo, también lo dijo Gari Kaspárov el pasado sábado en su rueda de prensa en Wijk aan Zee (Holanda).

    Cambiando de tema, lo malo de estar en el mejor torneo abierto del mundo es que hay estrellas que pasan desapercibidas, al menos en las primeras rondas, por la enorme cantidad de grandes maestros (70). Por ejemplo, el portentoso chino Yi Wei, a quien veo como posible amenaza para Carlsen en el próximo decenio. Ha ganado las dos primeras rondas y habrá que fijarse mucho en cómo juega las siguientes.

    Por lo demás, el número de sorpresas en la segunda ronda fue bastante mayor del normal, como podrá comprobar fácilmente el lector tras un simple vistazo al Elo y los resultados de los primeros tableros. Y de ello se deduce que hoy también cabe esperar unos cuántos sobresaltos, porque las diferencias de categoría entre los ocupantes de los primeros tableros es cada vez más pequeña.

    Suelo decir en mis conferencias que la pasión por el ajedrez garantiza que no te aburrirás nunca en tu vida. Y menos aún si estás en el Tradewise Open de Gibraltar.

¿Hay vida más allá del ajedrez?  

LEONTXO GARCÍA. Gibraltar

Si un extraterrestre aterrizase en el hotel La Caleta de Gibraltar durante el Tradewise Chess Festival quedaría muy impresionado. Cuatro centenares de terrícolas pasan gran parte del día mirando un tablero donde de vez en cuando mueven una pieza. Y cuando dejan de hacer eso hablan sólo de eso, o miran o escuchan a otros que hacen o hablan sobre eso. Y lo más curioso es que parecen muy felices, de modo que eso no debe ser un trabajo, sino un placer. Conclusión: la Tierra es un planeta de viciosos incorregibles.

    Los alienígenas se dirían entonces: “Bueno, pero cuando vayan al restaurante harán otra cosa”. Pues no del todo, porque hay una pantalla gigante donde se ven partidas, en directo o diferido, o fotos o vídeos de ajedrez. “Está bien. Pero se relajarán cuando vayan al bar, después de la cena”. Pues tampoco. En primer lugar, porque algunos no van al bar sino a la sala de comentarios y conferencias, donde casi todas las noches hay una charla de grandes maestros. Y cuando no la hay, como ayer, es porque ocurre algo que dejaría atónitos a los visitantes de otra galaxia: la misma multitud que hace eso durante todo el día abarrota un par de salas contiguas donde hacen eso mismo desde las 21.00 hasta la medianoche, pero mucho más rápido y con tensión tremenda, aporreando unos relojes como si en ello les fuera la vida.

    “Vale, pero alguno se habrá quedado tranquilamente en el bar, disfrutando de las vistas sobre el Estrecho, donde se juntan el Atlántico y el Mediterráneo”. Sí, pero con un matiz importante: ¡En cada mesa del bar hay un tablero! “¡Madre mía! –exclamarán los extraterrestres-, “¿o sea que sólo dejan de hacerlo cuando se meten en su habitación?”. Pues tampoco, queridos huéspedes, porque en las habitaciones tienen ordenadores con programas de ajedrez que calculan millones de jugadas por segundo, y bases de datos con más de cinco millones de partidas, jugadas desde el siglo XVI hasta ayer, perfectamente clasificadas. “¡Qué barbaridad! ¿Y en la ducha, o en el inodoro o en la cama?”. Bueno, tenemos base científica para  asegurar que sueñan con ajedrez aunque por la mañana no lo recuerden… y sobre el resto no me voy a pronunciar, porque un periodista serio debe mostrar el máximo respeto a la vida privada de las personas salvo cuando aporta información muy importante.

    ¿Quiere ello decir que esos cuatro centenares de individuos son unos lerdos, cuya vida es sólo ajedrez? No, en absoluto, salvo pocas excepciones. En su inmensa mayoría son personas que pueden calificarse de “normales” (en una acepción amplia de esa palabra; por cierto, ¿es normal quien ve varias horas diarias ese infecto programa de televisión llamado Sálvame?), con muchas inquietudes vitales aparte del ajedrez, y con un nivel cultural medio-alto. Pero disfrutan mucho al entregarse al ajedrez en cuerpo y alma durante diez días consecutivos, rodeados de congéneres que gozan de la misma pasión.

    Es cierto, sin embargo, que la imagen difundida en los medios de comunicación tiende más bien hacia el ajedrecista excéntrico, raro o loco. Pero esto es falso, y la culpa de esa injusticia la tenemos, en parte, los periodistas, porque las personas normales casi nunca son noticia; y en otra gran parte el propio mundo del ajedrez, que se preocupa muy poco de mejorar su imagen y comunicación con el resto de la sociedad. El ejemplo más carismático de todo ello es Bobby Fischer, probablemente el ajedrecista más carismático y famoso de la historia. Pero también un enfermo mental, un ejemplo perfecto de lo que ningún padre, madre o docente debe hacer con los niños y niñas que muestren un gran talento para algo: permitir que se obsesione con esa pasión y no se eduque integralmente, como ser humano.

    Podría ocurrir, aunque sería mucha casualidad, que alguno de esos alienígenas también hubiera formado parte, hace unos años, del comando que presuntamente secuestró al presidente de la FIDE –según asegura el mismísimo Kirsán Iliumyínov- para jugar con él algunas partidas en no sé qué planeta. En tal caso entenderían lo suficiente de ajedrez para fijarse en algo significativo: de las 19 partidas de la tercera ronda entre quienes tenían dos puntos, en casi todas había una diferencia de más de 150 puntos Elo entre los rivales; sin embargo, sólo en nueve ganó el favorito, y otras nueve terminaron en tablas. Falta una, en la que ocurrió algo especial: el portento chino Yi Wei, de 14 años, no fue preciso al rematar una combinación brillante y cayó derrotado ante el alemán Thomas Henrichs.

    Bueno, y cuando los terrícolas alucinarían en colores es si asistieran esta noche a la conferencia de Vasili Ivanchuk, uno de los mayores genios que ha dado el ajedrez en más de quince siglos de historia, y uno de los pocos ajedrecistas que sí dan la imagen de sabio despistado. Os lo contaré mañana, pero antes voy a darle una idea a Brian Callaghan, el organizador del festival de Gibraltar: que aproveche los contactos de Iliumyínov para traer algún jugador alienígena en la edición de 2015. Quizá sea lo único que le falte al Tradewise Chess Congress para ser perfecto.

Ivanchuk y Anna Cramling-Bellón: dos caras de una pasión

LEONTXO GARCÍA. Gibraltar

La pasión es algo difícil de explicar a quien no la siente. Vasili Ivanchuk, de 44 años, y Anna Cramling-Bellón, de 11, están enamorados del ajedrez, cada uno a su manera. El ucranio es un genio que ha dedicado su vida a esa pasión, y aún tiene cuerda para rato. Para la sueca-española, hija de grandes maestros, el ajedrez es un idioma natural –habla cuatro más- que le divierte mucho. Son dos de los personajes fascinantes que uno se puede encontrar en un festival como el Tradewise de Gibraltar.

    Ivanchuk recuerda “casi todas” las partidas que ha jugado en su vida. Ante la cara de asombro que ponemos todos al escucharlo, matiza un poco: “Bueno, por lo menos recuerdo la apertura, el resultado y las ideas principales. Y lo más probable es que si reproduzco la apertura sea capaz de reconstruir, con un poco de tiempo, el resto de la partida”. Lo explicó durante su lección magistral del sábado por la noche en el hotel La Caleta, que consistió básicamente en el análisis de su duelo de candidatos contra Léonid Yudasin, en 1991. Antes de empezar, el genio pidió una tarta de fresa, cuya glucosa fue alimentando su privilegiado cerebro mientras nos deleitaba con su enciclopédica sabiduría.

    Quiero aclarar cuanto antes que la vida de Ivanchuk es mucho más que ajedrez, y no me refiero sólo al amor que profesa por su segunda esposa, Oxana, con quien se casó “el 18 de noviembre de 2006”, como a él le gusta precisar. Ciertamente, es un paradigma excelente de sabio despistado, y también es verdad que pasa la mayoría del tiempo pensando en las partidas que jugó o jugará. Por ejemplo, es frecuente verle en la mesa del restaurante o de pie ante el buffet, con el plato en la mano para servirse la comida, totalmente ido, exhibiendo una media sonrisa imposible de comprender para quien no lo conozca bien; y nunca olvidaré la magistral descripción que mi amigo Arturo Pérez Reverte hizo de un desayuno de Ivanchuk en Mónaco, junto a Oxana, que presenciamos a pocos metros. Pero ello es compatible con una enorme cultura general; Ivanchuk conoce ocho idiomas; habla ucranio, ruso, español, inglés, turco y polaco, y entiende el portugués y el chino mandarín. Además, lee muchísimo, sobre historia, filosofía, poesía, novelas…

    Y eso no es todo. Le encantan los juegos matemáticos, y se sabe de memoria los cuadrados de los números del 1 al 30. El año pasado nos contó esto: “A veces puedo pasar casi toda la noche pensando en algún problema matemático, incluso aunque tenga una partida importante al día siguiente. Por ejemplo, una vez estaba pensando sobre cómo podemos saber que un número cualquiera es divisible entre siete sin hacer la división. Por supuesto, yo sabía que los matemáticos tienen una fórmula para eso, pero quería descubrirla por mí mismo. La partida del día siguiente era con negras frente a Kárpov, en el torneo de Las Palmas de 1996, pero no importaba… Por fin, hacia las cinco de la mañana entendí todo, y fue una sensación sumamente placentera… Al día siguiente, la partida contra Kárpov fue tablas. Partida muy complicada, la tuve casi ganada, pero hubo tremendos apuros de tiempo. Fue una India de Rey, él jugó la variante con g3, y yo respondí con el esquema d6-c6-Db6…”.

    Aún hay más. Si no lo sabe ya, el lector se va a quedar pasmado con lo siguiente: ¡A Ivanchuk también le apasionaban las telenovelas! Lo he puesto en tiempo pasado, por una razón muy concreta: “Antes solía ver telenovelas, pero ocurría que durante las partidas miraba al reloj porque estaba pensando que era la hora del próximo capítulo, y me di cuenta de que eso era perjudicial para el ajedrez profesional. De modo que ahora no veo la tele casi nunca, y leo muchos libros de diferentes clases”. Pero no todos le convienen: “Por ejemplo, Verónica decide morir, de Paulo Coelho, es un libro excelente, pero malo durante un torneo, porque es demasiado deprimente, como he tenido ocasión de comprobar. Tuve un mal resultado por culpa de ese libro”.

    Anoche, durante su lección magistral, Ivanchuk citó a Julio César, para atribuirle la frase “La felicidad es la libertad de elegir”, cuando le preguntaron sobre cómo optar por un plan concreto cuando hay varios con buen aspecto. También propuso un método para evitar los empates sin lucha: “En el juego de las damas con 100 casillas, si la partida termina en tablas ambos rivales se llevan un punto, pero quien tenía ventaja material tiene además un punto positivo, y su rival uno negativo; esos positivos y negativos sirven al final del torneo para romper los empates. En ajedrez se podría hacer algo parecido; por ejemplo, cuando una partida termina por rey ahogado”. Y dejó claro que su retirada de la alta competición está muy lejos: “Me siento lleno de energía”.

    Con la cuarta parte de la edad de Ivanchuk, imagine el lector la energía que tiene Anna Cramling-Bellón. Y, por extraño que parezca, a los 11 años ya es una veterana del festival de Gibraltar: su primera visita fue con diez meses, en brazos de sus padres, que no han faltado nunca a la cita invernal en el Peñón; y se convirtió en participante a los siete. Ayer, el organizador, Brian Callaghan, se emocionó al entregarle el premio a la mejor mujer del torneo de aficionados, en el que ha ganado 50 puntos de Elo (empezó con 1.514).

    Basta hablar un rato con Anna para comprobar que el ajedrez no es, en absoluto, una imposición de sus padres sino algo muy natural para ella. Por ejemplo, esto es lo que le dijo ayer a mi colega Alice Mascarenhas: “¡Es realmente muy divertido, y además muy útil! Todo el mundo, y especialmente la gente joven debería jugar al ajedrez porque te lo pasas muy bien, conoces gente interesante y siempre estás haciendo nuevos amigos”.

    Su éxito deportivo está, lógicamente, muy influenciado por su convivencia con dos grandes maestros, sus padres, Pía Cramling y Juan Manuel Bellón, quienes, al parecer, se reparten en casa los papeles de policía bueno y malo cuando juegan con Anna: “Mamá me suele dejar ganar; papá, jamás”. Recientemente se han mudado de Fuengirola (Málaga) a Estocolmo, lo que refuerza el brillo políglota de la niña, que habla fluidamente en español, sueco e inglés, y se defiende un poco en chino mandarín.

    Sus padres notan una clara diferencia entre ella y otros niños de su edad y la atribuyen al ajedrez y a los viajes: “Muestra una madurez propia de niños varios años mayores, tiene sed de aprender y toma decisiones de forma razonada”. Sin embargo, no está nada claro que Anna elija la misma profesión que sus padres; de momento, está pensando en algo relativo al diseño o la arquitectura. Pero no cabe duda de que el ajedrez le ayuda a ser feliz, aunque de manera muy distinta a la de Ivanchuk.

 

Sexos en jaque… con buen rollo

LEONTXO GARCÍA. Gibraltar

Anoche disfrutamos en el hotel La Caleta de La Batalla de los Sexos: ocho hombres contra ocho mujeres, casi todos grandes maestros, jugaron tres partidas rápidas sobre un tablero enorme instalado en el suelo del restaurante, y ambientado como un cuadrilátero de boxeo (excepto –y lo aclaro para los lectores más imaginativos- en la vestimenta, totalmente normal). Ganaron las mujeres (2-1), lo que me da la excusa perfecta para profundizar en el primer capítulo de mi libro.

    Además de muy divertido –la organización ya ha anunciado que potenciará esta fiesta en 2015 para convertirla en uno de los grandes atractivos del festival-, fue muy interesante ver desenfadados y alegres a sesudos grandes maestros y maestras, habitualmente muy serios, y algunos de ellos bastante tímidos. Quienes mantienen y alimentan la idea de que los ajedrecistas de alto nivel son tipos rarísimos y aburridos hubieran cambiado de opinión radicalmente anoche, observando cómo, por ejemplo, Maxime Vachier-Lagrave celebraba sus mejores jugadas al más puro estilo NBA.

    La prioridad era pasárselo bien. Pero, aún así, es bien sabido que casi todos los ajedrecistas son muy competitivos y huyen de las derrotas como de la peste (por ejemplo, Anatoli Kárpov no soporta perder, ni siquiera a las cartas), por muy festivo que sea el ambiente; de hecho, las normas prohibían la consulta verbal entre compañeros de equipo (cada jugador hacía un movimiento rotativamente) pero, por decirlo suavemente, los árbitros fueron tolerantes con ambos bandos, y se oían tremendos gritos de advertencia cuando alguien iba a cometer un claro error. Eso realza el mérito de la victoria femenina, quizá debida a que para ellas era más importante ganar, lo que a su vez enlaza con una de las notas características de este festival de Gibraltar: el organizador, Brian Callaghan, se ha empeñado siempre en invitar a varias de las mejores del mundo, con el fin de potenciar el ajedrez femenino.

    Y aquí encaja mi libro (Ajedrez y ciencia, pasiones mezcladas; Editorial Crítica, 2013), que ya va por la quinta edición. Me han aconsejado que en la versión en inglés (pensando, sobre todo, en EEUU) cambie el “provocativo” título del primer capítulo (¿Por qué las mujeres juegan peor?) por otro más “políticamente correcto” (por ejemplo, ¿juegan peor las mujeres?). Bien, vaya por delante que cada vez que oigo o leo “políticamente correcto” saco las uñas y empiezan a hervirme los higadillos. Por ejemplo, me parece una estupidez llamar “afroamerican” a los negros y no “euroamerican” a los blancos o “asianamerican” a quienes proceden del continente más grande. Al parecer alguien se hizo un lío con la palabra nigger, que es muy despectiva desde la época de la esclavitud, y extendió ese prejuicio a black, que no es despectiva, como tampoco “negro” en español. Y a partir de ahí se han inventado esa mandanga de lo “políticamente correcto”.

    Bien, a lo que iba. Si entre los cien mejores del mundo sólo hay una mujer (Judit Polgar), es obvio que las mujeres, en general, juegan peor. Y es muy sorprendente porque todos –excepto los muy cafres- estamos de acuerdo en que ellas son tan inteligentes o más que nosotros, y la fuerza bruta no influye en el ajedrez (la resistencia sí, pero no justifica tanta diferencia). Una primera reflexión es que el número de mujeres practicantes es mucho menor, pero no tanto como para que sólo haya una mujer entre los cien mejores (hasta la irrupción de las tres hermanas Polgar, en 1988, no había ninguna entre los 500 primeros). Además, ¿por qué es mucho menor, incluso si lo comparamos con otros deportes?

    Quiero ir un poco más allá que en libro, donde explico el asunto de manera muy detallada, pero antes debo hacer aquí una síntesis para quienes no lo hayan leído. Cuando llega la pubertad, el cerebro de los niños se llena de testosterona, que les hace muy competitivos; para ellos, ser el mejor en algo es muy importante; a la misma edad, el cerebro de las niñas se llena de progesterona, que las incita a ampliar sus redes sociales (conocer gente); para ellas, en general, ser las mejores no es prioritario a esa edad; sí puede serlo unos años después (edad universitaria) pero, desde el estricto punto de vista del ajedrez de alta competición, ya es demasiado tarde porque el progreso deportivo entre los 12 y los 18 es crucial. Eso explicaría por qué es tan frecuente en todo el mundo que la mayoría de las niñas huyan del ajedrez cuando llegan a la pubertad. Conclusión: las mujeres están capacitadas para jugar al ajedrez como los hombres, pero en el momento clave están más interesadas en otras cosas.

    Toda esa teoría no podrá comprobarse al 100% hasta que no sepamos mucho más del cerebro humano, pero, en mi opinión, es muy lógica. Sin embargo, tengo para mí que las niñas para quienes el ajedrez ha sido una especie de lenguaje natural desde muy pequeñas sí querrán mantenerse en el mágico mundo de las 64 casillas cuando se conviertan en adolescentes. Ocurrió con las hermanas Polgar y probablemente ocurrirá, por ejemplo, con Anna Cramling-Bellón, de quien hablé en mi diario de ayer.

    La solución sería masificar la enseñanza del ajedrez a niños y niñas por igual. Pero hay otro problema: aún son muchos los países donde regalar un juego de ajedrez a una niña es tan raro como una muñeca a un niño; si una niña ajedrecista se siente como “un bicho raro”, aislada de sus amigas, difícilmente seguirá jugando cuando llegue a la pubertad. Al final, como en tantas otras cosas, la educación y el entorno son un factor fundamental.

    Pero estoy seguro de que si todas las niñas del mundo vieran un vídeo bien realizado de la Batalla de los Sexos de anoche, el número de jugadoras crecería por doquier. Y habría varias en las primeras mesas del grupo magistral del Tradewise Gibraltar Open. Por cierto, voy a echar un vistazo a lo que está pasando en la sexta ronda, porque sólo quedan cinco para el final, y desde mañana escribiré más sobre deporte y menos sobre el sexo de los ángeles.

Chinas, chinos… y lo que se vislumbra  

LEONTXO GARCÍA. Gibraltar

China es, desde hace dos decenios, la primera potencia mundial en ajedrez femenino. Y poco a poco se va acercando a Rusia y Ucrania en el masculino. Su principal valor está en Gibraltar: Yi Wei, de 14 años, juega como los ángeles. Para mí, es el próximo Carlsen; su Elo actual (2.607) es similar al que tenía el noruego a la misma edad.

    En el Tradewise Gibraltar Open hay tantas estrellas que muchas pasan casi desapercibidas. Por ejemplo, mientras escribo estas líneas se está jugando una partida muy simbólica en la mesa 5: Yi Wei afronta un duro compromiso ante el indio Pentala Harikrishna (2.706); ambos representan a los dos gigantes emergentes de la economía mundial, y en ambos países el ajedrez ha subido muchísimo en los últimos años, aunque por razones muy distintas (en India, sobre todo, por el efecto Anand).

            A quien no lo sepa le parecerá asombroso que el ajedrez estuviera prohibido en China hace sólo 45 años. El periodo entre 1966 y 1969 –la llamada Revolución Cultural- fue convulso y trágico en la historia de China, sobre todo para los intelectuales, obligados a dejar sus actividades y trabajar en las más duras labores del campo. Se destrozaron numerosos monumentos y la ópera fue prohibida, al igual que todas las manifestaciones culturales que los iluminados de la Banda de los Cuatro (que gobernó China mientras Mao Zedong agonizaba), consideraban fruto de la “decadencia capitalista occidental”. También el ajedrez: la policía multaba a los jugadores, registraba sus casas y quemaba los libros técnicos en las plazas de los pueblos.

 

Pero el xiangqi o ajedrez chino (que, entre otras cosas, se diferencia del internacional por un río que atraviesa horizontalmente el tablero)  siempre fue practicado en las calles por decenas de millones de chinos. Y eso ayuda a entender que Jun Xié, nacida en 1970, fuera campeona del mundo por primera vez en 1991. A partir de ahí, las grandes jugadoras chinas crecieron como setas, hasta hoy: diez entre las 50 primeras del mundo (aunque una, Chen Zhu, tiene la nacionalidad catarí); de ellas, tres entre las 10 primeras: la campeona (y 2ª del mundo tras Judit Polgar) Yifán Hou, que hace dos años logró en Gibraltar el mejor resultado de una mujer en la historia; Xué Zhao (5ª), con quien tuve el placer de compartir mesa hace unos días en la cena de gala de la cueva de San Miguel; y Wenjun Ju (10ª). Aún más impresionante es mirar la lista de las mejores sub 20: Yifán Hou (1ª), Qi Guó (2ª), Jué Wang (5ª), Tingjié Lei (10ª) y Shiqun Ni (12ª); además, estas dos últimas nacieron en 1997, de modo que serán sub 20 casi cuatro años aún.

 

El sistema de detección de talentos en China es muy sofisticado. Durante la mencionada cena de gala, Xué Zhao me confirmó y amplió lo que me habían contado los directivos de la Asociación China de Deportes Mentales (que, además de la federación de ajedrez internacional, administra las de ajedrez chino, go, damas y bridge, lo que en total implica varios cientos de millones de practicantes). Cuando algún entrenador capta un talento extraordinario en cualquier rincón de ese inmenso país, avisa a Yé Jiangchuán, gran maestro y director técnico de la federación. Si éste da el visto bueno, el niño o niña en cuestión son seguidos muy atentamente, y si sus resultados son consistentes, él o ella y su familia son invitados a mudarse a Pekín, donde los padres tendrán trabajo y buenas condiciones de vida, mientras el joven talento recibe un entrenamiento específico de alto nivel.

 

Tras lograr la supremacía mundial femenina, China progresa fuerte en el ajedrez masculino. Ya ocupa el tercer puesto por países (la clasificación depende del promedio de los diez jugadores más fuertes), tras Rusia y Ucrania. De esos diez, Yi Wei es el 9º (en la lista del 1 de febrero), y Yifán Hou la 8ª. De los siete mejores, cuatro están entre los 50 mejores: Hao Wang, Liren Ding, Yué Wang y Xiangzhi Bu; y no muy lejos están Chao Li, quien también está brillando en Gibraltar, y Yangyi Yu, ambos muy jóvenes.

 

Todo indica que Yi Wéi rebasará pronto a todos los citados. Ya ha logrado la marca de ser el más joven de la historia con 2.600 puntos Elo, y es el gran maestro más joven del mundo en este momento. En su lista de víctimas de caza mayor están nada menos que Alexéi Shírov, Ian Nepomniachi y Maxime Vachier-Lagrave, entre otros. En junio (6 al 8) le veremos en el XXVII Magistral Ciudad de León, junto a Yifán Hou, Paco Vallejo e Iván Salgado. Y aquí, en Gibraltar, no deja de impresionar: hasta hoy lleva cinco victorias muy convincentes y una derrota, ante el alemán Hendrichs, porque erró al rematar una brillante combinación ganadora. Y por lo que veo mientras escribo, hoy no va a perder frente al temible Harikrishna. Tomad nota: Yi Wei. Dará mucho que hablar.

Ajedrez o ‘vida normal’, he ahí la cuestión

LEONTXO GARCÍA. Gibraltar

Chicos y chicas con gran talento para el ajedrez, e incluso con resultados brillantes, que deben elegir entre ser jugadores profesionales o universitarios. Es el delicado dilema de muchos. En esta 12ª edición del Tradewise Gibraltar Festival hay cuatro casos españoles: Iván Salgado, David Antón, David Pardo e Irene Nicolás. De su inmenso talento no hay duda alguna; su futuro es mucho más incierto.

    Pardo, de 18 años, 2.450 puntos de Elo, ganó ayer con negras a la gran esperanza rusa, Dánil Dúbov, de 17 y 2.614. “Él es fortísimo en cuando a profundidad de conceptos y juego posicional; de modo que he complicado mucho la partida desde la apertura. El resultado lógico hubiera sido tablas, pero él quería ganar, y me he aprovechado de ello”, me explicó modestamente el alicantino tras seis horas de lucha muy dura. Pardo es un superdotado, que logró varios éxitos en competiciones de matemáticas durante su adolescencia. Su Elo actual no es suficiente para que se le pueda recomendar el paso inmediato al profesionalismo, de modo que ha optado por una decisión muy sensata: “Estudio una carrera de doble grado, Matemáticas e Ingeniería Física; así tendré un plan B si mi progreso en ajedrez no es tan grande como me gustaría”.

    Mucho más difícil es ver con claridad la decisión correcta en el caso del madrileño David Antón, actual subcampeón del mundo sub 18, con 2.557 puntos y una clara tendencia ascendente. A juzgar por la calidad y resultados mostrados hasta ahora, no es arriesgado vaticinar que pasará holgadamente de los 2.600, y parece incluso capaz de rebasar los 2.700, lo que le daría muchas probabilidades de lograr unos ingresos suficientes para una vida sin angustias. Pero, como es lógico, sus padres no lo ven claro, y le han convencido para que estudie Matemáticas. De momento, está claro que es capaz de que ambas actividades sean compatibles –la medalla de plata en el Mundial hace poco más de un mes es un clara muestra- pero también es obvio que no podrá dedicarse con la intensidad de un profesional.

    En un caso como el de Antón, estando cerca de los 2.600 a los 18 años, mi consejo sería retrasar unos años (entre dos y cuatro) la entrada en la universidad a cambio de una dedicación seria y muy intensa (ocho o más horas diarias casi todos los días) a entrenar y jugar torneos, lo que permite aclarar dos incógnitas fundamentales: si el progreso deportivo es consistente y si uno se adapta a la peculiar vida de un ajedrecista profesional, con sus viajes muy frecuentes y todo lo que ello implica. Al cabo, estudiar una carrera unos años después de lo normal no tiene ningún inconveniente grave, y la vida de ajedrecista trotamundos –al menos, la de un jugador de alto nivel- también deja enseñanzas muy útiles en otros ámbitos.

    Una elección quizá más equilibrada es la de Iván Salgado, de 22 años, actual campeón de España absoluto, quien estudia la carrera de Psicología por correspondencia, lo que le permite viajar mucho más que Antón o Pardo. Recientemente tomó la decisión de mudarse a Sofía para entrenar diariamente con su colega y amigo Iván Cheparínov. Además del talento necesario para llegar hasta su categoría actual (2.597 puntos), en su caso hay una capacidad de trabajo y una disciplina extraordinarias.

    En el otro lado de la balanza encontramos a Irene Nicolás, actual subcampeona del mundo sub 16, cuyo enorme talento es asimismo evidente. Se sentía muy incómoda en el colegio, y ha decidido no cursar el bachillerato para dedicarse sólo al ajedrez y estudiar un módulo de Farmacia, lo que la permitirá trabajar en la que regentan sus padres en Benidorm si lo logra alcanzar la categoría requerida como jugadora para vivir de sus torneos; en el caso femenino, esa cota está, más o menos, a partir de los 2.500 puntos, y ella tiene ahora 2.249.

    Paco Vallejo, también participante en Gibraltar, es un ejemplo de que esa apuesta no es tan arriesgada como puede parecer, siempre y cuando hablemos de jugadores con talento extraordinario. El menorquín, ahora con 31 años, fue subcampeón del mundo sub 10 y sub 12, y bronce sub 14, antes de ser campeón del mundo sub 18. Después empezó la carrera de Educación Física, pero la dejó enseguida. Ha estado casi siempre entre los 50 mejores del mundo desde 2002 (fue el 20º e 2011, con 2.724 puntos), y fue contratado como analista en diferentes momentos por Anand y Topálov cuando eran campeones del mundo. Nunca ha sufrido problemas económicos. En realidad, tiene talento suficiente para estar aún más arriba, pero él ha preferido no entrenar con tanta dureza y disfrutar más de la vida.

    A veces, cuando veo esos programas de televisión infectos, denominados “telebasura” (permítame el lector que emplee una palabra malsonante, telemierda, en aras de una mayor precisión en el lenguaje), pienso en la enorme injusticia de que unos personajes despreciables ganen tanto dinero por airear las intimidades propias o de otros, cuando abundan los talentos para la ciencia, el arte o el ajedrez que malviven o deben trabajar en lo que no es su pasión para asegurarse el pan. Pero el mundo es como es, y no como nos gustaría que fuese.

Siete ‘abuelos’ ilustres en El Peñón

LEONTXO GARCÍA. Gibraltar

Que el declive de los ajedrecistas de élite empieza hacia los 40 años es un hecho estadístico, pero aún no está claro si se debe estrictamente a la biología. Entre los 100 primeros del mundo sólo hay 14 que nacieron antes de 1975; y 7 de ellos nos deleitan con su sabiduría en el Tradewise Gibraltar Festival. De hecho, bien podría ocurrir que el ganador sea uno de los cuarentones.

    Mientras escribo estas líneas, Vasili Ivanchuk (1969) y Gata Kamsky (1974) han firmado tablas en sólo diez movimientos en la primera mesa. El ucranio, líder en solitario antes de la ronda de hoy, se metió con negras en una variante que prácticamente forzaba al estadounidense a repetir jugadas. Tal desenlace deja a ambos con aspiraciones al primer premio ante la ronda final; sobre todo a Ivanchuk, porque sólo el pujante húngaro Richard Rapport puede alcanzarlo, si tumba con negras al francés Maxime Vachier-Lagrave. Y un tercer candidato veterano al triunfo final es el británico Michael Adams (1971), que conduce las blancas ante el indio Baskaran Adhiban.

    Si uno se pone a intentar comprender por qué esos catorce siguen entre los cien primeros a pesar de su avanzada edad, se encontrará con hipótesis muy variadas. Por ejemplo, en el caso de Viswanathan Anand e Ivanchuk estamos hablando de dos genios, aunque los periodistas tendamos a abusar de ese adjetivo. Muchos pensamos que el ucranio hubiera sido campeón del mundo con un sistema nervioso un poco más estable; de hecho, en su clase magistral del año pasado nos confesó que, incluso en su madurez, sufre enormemente la presión implícita en los Torneos de Candidatos: “Prefiero jugar cualquier otro torneo”, admitió. Y, aunque sea de refilón, viene a cuento recordar que Magnus Carlsen no sería el nuevo campeón del mundo si Ivanchuk no le gana a Vladímir Krámnik en la última ronda del Torneo de Candidatos de Londres tras perder varias partidas por sus problemas con el reloj (y con los nervios).

    Bien distinto es el caso de Borís Guélfand, que no encaja en lo que suele entenderse por “genio”; sin embargo, lleva la friolera de 25 años en la superélite, desde que saltó a la fama tras ganar el fortísimo abierto de la GMA en Palma de Mallorca, 1989. Como él mismo explicaba hace unos meses en una magnífica entrevista con New in Chess, la clave de su éxito mantenido es el trabajo cotidiano durante muchas horas junto a su fiel entrenador, Alexánder Huzman, con disciplina militar. “Mi motivación y mi gusto por el trabajo son los mismos que hace 25 años”, aseguraba el israelí. Ciertamente, la pasión por lo que uno hace es el mejor motor para hacerlo bien durante mucho tiempo.

    Un tercer motivo para estar tan arriba durante tanto tiempo es la dureza, y los mejores ejemplos son Kamsky y Adams, tipos rocosos donde los haya; para doblegarlos hay que sudar sangre y, por el contrario, ambos son aún capaces de luchar durante horas en posiciones equilibradas hasta vencer la resistencia de sus adversarios. Sería más prolijo analizar al detalle a los otros cuatro abuelos ilustres del torneo –Dréiev, Short, Bologán y Georgiev-, pero sí hay un factor común muy claro: los cuatro exhibieron un talento inmenso desde niños, y eso no se pierde, aunque la rapidez de reflejos, la resistencia física, la motivación y la dedicación ya no sean las mismas.

    En todo caso, los aficionados en general, y especialmente los jugadores jóvenes con aspiraciones, harían bien en seguir de cerca a esos cuarentones, sus partidas y sus análisis. En eso, el ajedrez debería parecerse a esas tribus africanas donde el Consejo de Ancianos es un organismo muy importante y respetado, porque nadie sabe más de la vida que sus miembros. Y no a la sociedad en la que vivimos, ese capitalismo cada vez más salvaje donde muchos mayores de 50 años son poco menos que despreciados, a pesar de que –según las estadísticas de esperanza de vida- aún les quedan tres decenios para transmitir toda la sabiduría acumulada.

El marchoso ‘Chepa’ tumba al gélido Vitiúgov  

LEONTXO GARCÍA. Gibraltar

Me encantaría pinchar una vena de Nikita Vitiúgov, a ver si sale sangre, porque tengo serias dudas. Me pregunto si este gélido espécimen, teóricamente ruso, no será en realidad uno de los presuntos secuestradores alienígenas del presidente de la FIDE, Kirsán Iliumyínov. Todo ello acrecienta el mérito del búlgaro Iván Cheparínov, de 27 años, ex analista de Véselin Topálov, que se impuso en la final de un desempate electrizante.

     El año pasado fui uno de los primeros en felicitar al campeón Vitiúgov, porque necesitaba hacerle rápidamente una entrevista con cámara. También cené a su lado en la clausura y, aunque los diálogos fueron muy escuetos, tuve la sensación de que hacíamos buenas migas. Pero Vitiúgov esconde muy bien sus sentimientos: este año me he cruzado varias veces con él en la calle; a mi saludo sonriente él responde con un severa y leve inclinación de cabeza, ni una sola palabra.

    Y ante el tablero es igual: hierático, frío como un témpano. Me recuerda al Anatoli Kárpov en su época dorada, cuando sacaba agua de las piedras y exprimía posiciones equilibradas hasta la última gota. Lo que me dijo el año pasado tras la final de partidas rápidas frente a Short fue bien elocuente: “En el desempate, como siempre, ha sido una lucha de nervios, donde las jugadas que haces son lo segundo más importante. Lo esencial es hacer una y seguir, sin pensar en nada más que eso”.

    Esta vez, los empatados eran tres: Vasili Ivanchuk, quien hizo tablas de forma espectacular en la última ronda con Maxime Vachier-Lagrave; Iván Cheparínov, meritorio vencedor de Gata Kamsky; y el sospechoso gélido, tras imponerse a la china Xué Zhao. El curioso reglamento dictamina que en tal caso uno de los empatados se libra por sorteo de la primera eliminatoria, y fue el búlgaro. El témpano eliminó al entrañable Ivanchuk, quien logró buenas posiciones pero fue incapaz de competir con los nervios de acero y cayó dignamente en las segunda tanda (3 minutos + 2 segundos) tras empatar las dos primeras partidas (10 minutos + 5 segundos).

    Y entonces, tras 15 minutos de reposo para el gélido, comenzó la gran final. Rápidamente, Iván Salgado adoptó el papel de segundo de su amigo Cheparínov, con quien se entrena en Sofía tras mudarse a esa ciudad. Por cierto, Salgado, actual campeón nacional, vuelve a ser el mejor español e Gibraltar, con 7 puntos, y gana 7,5 en el Elo: “Estoy muy contento. Tras dos torneos malos, aquí he rendido a un nivel de unos 2.650, y hoy he tenido clara ventaja frente a Rapport. Esto demuestra que mi decisión de trasladarme a Sofía ha sido un acierto. Ahora volveré a encerrarme para el Europeo de marzo en Armenia, donde Iván y yo ya hemos decidido que iremos tres días antes para aclimatarnos”.

    Volvamos a la finalísima. Cheparínov fue prudente en el primer asalto y, en lugar de dar rienda suelta a su habitual agresividad, planteó la versión más clásica y tranquila de la Variante del Cambio de la Defensa Ortodoxa. De modo que, en lugar de que Vitiúgov secase a Cheparínov, fue el mundo al revés, y el ruso terminó hincando la rodilla en tierra.

    ¿Sería capaz de reaccionar, a pesar de la horchata que probablemente inunda sus venas? Lo intentó, pero esta vez Cheparínov decidió jugar alegremente una India de Rey, quedó algo peor, luego algo mejor y finalmente forzó el maravilloso empate, que le convertía en vencedor del XII Tradewise Gibraltar. Logré pillarlo escaleras abajo, tras el abrazo con Salgado. Aún no terminaba de comprender lo que acababa de lograr, y en todo caso fue muy modesto, en su excelente español: “Ha sido un día muy duro. Primero en la exigente partida con Kamsky, que me ha costado ganar a pesar de la gran ventaja que tenía. Pero luego he tenido la gran suerte de librarme por sorteo de la primera eliminatoria del desempate, y por tanto estaba más fresco que Vitiúgov en la segunda. El reglamento me ha hecho un gran regalo”. Después, en la retransmisión en directo, Irina Krush le preguntó cómo se había preparado para la última ronda, y su respuesta fue muy curiosa: “Me fui a tomar copas con mis amigos”.

    Y ahora os dejo, porque la cena de clausura empieza en tres minutos, aquí es también muy especial, y no debo perdérmela. Mañana publicaré la última entrega de este diario que servirá –o, al menos, eso intentaré- para que os sintáis como si hubierais estado en ese ágape.

Gran torneo, gran clausura

LEONTXO GARCÍA. Gibraltar

El mundo del ajedrez lleva decenios obsesionado con mirar hacia dentro (partidas, aperturas, clubes, torneos, Elo, licencias…) y no afuera, hacia la sociedad, para promoverlo no sólo como deporte sino por sus grandes utilidades sociales y pedagógicas. Hay honrosas excepciones, y alguna muy brillante, como la de Gibraltar. Todo ello quedó reflejado en una clausura magnífica del Tradewise Festival.

    Gracias al banco Lombard Odier, todos los escolares de Gibraltar acabarán teniendo un precioso juego de tablero y piezas, junto con un libro de iniciación escrito por Gari Kaspárov; empezarán con 400 alumnos este curso, y repetirán la campaña durante los próximos años. Es un paso muy importante porque introducirá el ajedrez como algo normal y frecuente en la sociedad gibraltareña, y contribuirá a cambiar la imagen de “nerds” (empollones), muy perjudicial si queremos masificar la introducción de ajedrez en los colegios.

    Tuve la suerte de que uno de mis compañeros de mesa durante la cena de clausura fuera el director de Educación, Joey Britto, muy competente e interesado en la utilización pedagógica del ajedrez: “Tenemos una amplia autonomía en Educación con respecto a las leyes británicas. Sin embargo, el número de horas de clase es limitado y también hay otras materias que nos gustaría introducir o potenciar, pero el ajedrez es una de ellas, y estoy plenamente convencido de sus virtudes”.

    Por desgracia, no son pocos los torneos donde se cuidan muy poco la inauguración y la clausura. Y la gran mayoría de los jugadores sólo acuden a ellas si es realmente necesario. Ciertamente, lo que a ellos les gusta es jugar, pero deberían comprender que sin patrocinadores y buena cobertura de prensa no habría torneos (o los premios serían mucho menores), por lo que es muy lógico que ellos contribuyan de forma razonable y, sobre todo, de buen grado.

    Todo eso se ha logrado muy bien en Gibraltar. La cena de clausura se diseña con verdadero mimo, hasta los detalles más pequeños. Detrás del excelente maestro de ceremonias y director del festival, el GM Stuart Conquest, se instala una pantalla gigante donde se va proyectando el nombre de la persona que habla o entrega premios, imágenes del torneo o actividades paralelas, logotipos de los patrocinadores (todos ellos representados en el acto por altos cargos de cada empresa u organismo), etc. Y el apoyo total del Gobierno de Gibraltar a Brian Callaghan, organizador y propietario del hotel La Caleta, queda patente cada año: esta vez iba a acudir el ministro principal, Fabián Picardo, pero por obligaciones ineludibles de última hora tuvo que delegar en su adjunto, Joseph García, acompañado por otros ministros y altos cargos.

    Bastaba un poco de atención para cerciorarse de que los patrocinadores presentes, tanto públicos como privados, estaban muy satisfechos al ver jugadores de países muy lejanos subiendo al escenario: Mongolia, India, China, Islandia, Canadá, Israel, Emiratos Árabes Unidos, Catar, Kenia, Argentina, Venezuela, Brasil… y así hasta 60 banderas. El valor de la publicidad que Gibraltar consigue en esos países a través del Tradewise Chess Festival supera en mucho la inversión realizada. No se trata sólo del torneo abierto mejor organizado desde el punto de vista técnico, o de su ambiente muy agradable tras las partidas (que ya he glosado en anteriores entregas de este diario), sino de que la mercadotecnia y puesta en escena de todo ello se cuidan mucho también.

    Supongo que los jugadores, al término de la cena, mientras se despedían de tanta gente, sentirían lo mismo que yo: éste es un sitio al que debo volver cada año, porque de lo contrario me faltaría algo importante. Si quieren apuntarse, tomen nota: 27 de enero al 6 de febrero de 2015; y háganlo en octubre, porque luego ya no hay plazas. Ha sido un gran placer compartir esta experiencia con ustedes a través de mi diario. ¡Hasta pronto!

 

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